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Las Islas Columbretes
Las Islas Columbretes conforman uno de los
espacios más singulares del Mediterráneo
que destaca por su cercanía a la costa.
La riqueza natural que esconden sus fondos
marinos obligan a una especial protección,
por este motivo fueron declaradas Parque Natural
en 1988, pues difícilmente podemos
encontrar un conjunto semejante en el Mare
Nostrum.
Su formación volcánica, como
eslabones en otro tiempo unidos, conforma
una media luna achatada en uno de cuyos extremos
podemos disfrutar del maravilloso faro de
1856. |
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La geografía de las Columbretes está
compuesta por el Columbret Grande o Illa Grossa,
la Ferrera, la Foradada y el Bergantín
o Carallot, en total unos treinta islotes
que apenas han estado habitados un siglo y
que hoy esconden la belleza y la riqueza marina
tanto en la fauna y flora endémica
como en sus fondos marinos.
Una visita a las Columbretes es el testimonio
de hasta donde es posible la convivencia entre
las especies en unas condiciones duras. Y
por ello, la presencia del hombre debe ser
respetuosa con este imponente hábitat
que nos ofrece la naturaleza. |
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El
desierto de las Palmas
Si hay un espacio natural que a su riqueza
medioambiental se le añade un valor
sentimental para los habitantes de Castellón
ese no es otro que el desierto de las Palmas.
Junto a la sierra de Espadán y la sierra
Calderona, conforman un triángulo montañoso
salpicado por numerosos altibajos, entre los
que destaca el pico Bartolo o las Agujas de
Santa Águeda.
La palabra «desierto» lleva con
frecuencia a errores, pues no se trata de
un espacio vacío, sin vegetación,
sino que en este caso era un espacio de retiro
espiritual, donde los monjes carmelitas se
alejaron allá por el siglo xvi del
mundanal ruido para dedicar su vida al espíritu.
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Así pues, entre su flora destaca el
palmito, el mirto, el madroño y la
coscoja, aunque también abundan las
plantas aromáticas como el romero y
el tomillo.
Es el Parque Natural más cercano a
la ciudad de Castellón y hasta hace
poco los cultivos leñosos ofrecían
un complemento a sus propietarios, pero que
hoy, manteniendo aún plantaciones de
almendros, algarrobos u olivos, es la propia
flora la que ha dado el salto para apoderase
con su fuerza de uno de los espacios más
característicos de la Comunidad Valenciana.
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