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Desde el privilegiado mirador de Sant Esteve, sobre la Serra Grossa, con Ontinyent a sus pies, se abre la Vall hacia Levante. Desde aquí, las siluetas de las sierras se recortan y dibujan la Vall d´Albaida en un círculo orográfico que abraza y da carácter: Buixcarró, Safor, Benicadell, Aitana, Covalta, la Mariola....

Y entre las sierras y allí donde el relieve de los barrancos ha hecho confluir los caminos de agua, Ontinyent se extiende en forma de ciudad industrial rodeada de tierras de huerta y de secano, intensamente humanizadas, habitadas y vividas por una gente enraizada a la energía que le viene de esa tierra. Pero la dinámica vida de esta ciudad industrial contiene, dentro de su memoria secular, aquella historia que transformó aquella Untinyan musulmana en la Vila Reial que el rey Jaume I configuró para el devenir.

Y la memoria histórica tiene forma de vestigios en piedra, ahí donde los caminos de agua del Clariano y del barranco del Almaig se unen y desde donde se levantaba la población fortificada, donde el acceso aún se sustenta en el Pont Vell, del XV de traza medieval y de sólida estructura pétrea, con los restos de la base de una torre de defensa, habilitada como vivienda: es una Torre Albarrana, también medieval, que domina el puente desde el camí del Carrós.

Sobre la escarpada vertiente del río, la Vila aún descansa sobre los restos de la antigua muralla con las casas sobre la cortada colina que sirvió de asentamientos al núcleo medieval; y a las viejas piedras, muros, indicios de torres...

De los diversos accesos, aún se conservan algunas puertas, como la de la Plaza de Sant Roc, por el Palau, o el Arco de la Porta de l’Angel, por donde se llega siguiendo la antigua Muralla hasta el pié superior del Campanario, desde el acceso de la Bola hasta el Mirador y, entrando desde la Plaça de Baix, por el antiguo arrabal Moro, por las calles de la Trinitat o la Sant Pere, ascendiendo, o por la calle Cordellat, o por la de la Muralla, por la de les Roses o por el Callarís...

Todos los vericuetos conservados del trazado urbanístico Musulmán, estiran hacia arriba, hasta la Plaça de la Vila, junto a la Iglesia de Santa María (del segle XVIII), en el lugar que ocupó la antigua Mezquita Islámica. Y la culminación en piedra, en la cumbre de la Villa vieja y adosada a la Iglesia: La Torre de Santa María, el altísimo y sólido pero esbelto campanar de la Iglesia. La magnífica Iglesia de Sta. María se comenzó en el siglo XIII y se terminó de edificar durante los siglos XIV y XV. De estilo gótico cirtenciense, ojival, con una sóla nave cubierta en tres bóvedas de pétreas nervaduras góticas y de proporciones parecidas a las de estilo románico es uno de los pocos ejemplos valencianos del gótico primitivo.

UNAS FIESTAS VALENCIANAS DONDE LAS HAYA

Y las fiestas de Moros y Cristianos de Ontinyent son palabra mayor. Por que son el mayor fenómeno social que afecta a la

población, ya que la actividad que se genera en su entorno es un mundo que se vive intensamente desde las comparsas, durante todo el año... hasta cada vibrante agosto. Y aquí se puede afirmar que, que si la Fiesta Morocristiana tiene unas raices en la historia, su manifestación está totalmente unida a la devoción que la población de Ontinyent le tiene al Santísimo Cristo de la Agonía, Patrón de la ciudad y símbolo religioso al cual van dedicadas estas celebraciones. Cada agosto, el morenet sale de su Ermita de Santa Ana en un acto de lo más significativo y seguramente el más genuino de las Fiestas: la Baixà del Cristo al recinto urbano.

Pero en este recinto urbano, las Fiestas de Moros y Cristianos son, sobre todo, un estallido de fastuosidad, color, alegría y calor humano: Fiesta. Un gran ejercicio de imaginación y fantasía compartida que, transformada en ritmo calidoscópico, tiene su principal concreción en las desbordantes Entradas de los “ejércitos” de Moros y Cristianos, con gran despliegue de Boatos exóticos y lujosos, y la constante sensación de vibrar mirando y escuchando -sintiendo- la imagen y sonido de la Fiesta, necesariamente ligada a la riqueza rítmica y armónica de la espectacular música Festera. Música de marchas Moras y Cristianas que hacen vivir intensamente L’Entrà, compartida por muchos miles de personas: espectadores, festeros, figurantes, músicos, coreografía...

En las Fiestas de Moros y Cristianos de Ontinyent se vuelca toda la ilusión en llenar de color, ritmo y espectáculo el paso de las Comparsas que particularmente en las Entradas ponen un gran énfasis en la inventiva hecha arte, diseño, representación teatral de calle, danza, exhibición, ambientación evocadora de la historia... pero destinada por encima de todo a compartir la alegría festera de ese agosto culminante.

Los días de la Fiesta Morocristiana tienen muchos alicientes: desde la frescura matinal de las Dianas a la peculiaridad del Contrabando, alternando la intensidad armónica de la Solemne Procesión con las noches llenas de ambiente de las Verbenas, sin olvidar la pólvora hecha espectáculo pirotécnico...

y la pólvora retumbando desde los trabucos con gran protagonismo en diversos actos de las Fiestas, principalmente en los simulacros de combates que se hacen el último día, el que se dedica sobre todo a escenificar la historia a través de las Embajadas del Moro y Cristiano, al pié del gran Castillo, símbolo de la ciudad de Ontinyent.

Y en noviembre, la tradicional Fira d’Ontinyent anima los días dorados de otoño.

Hay una dualidad que polariza las fiestas ontiñentinas: si un polo de la celebración festiva está en los Moros y Cristianos de agosto, las Fiestas de la Purísima -con un largo calendario de actos entre noviembre y diciembre- representan la raíz de la tradición y la devoción a su Patrona y al dogma de la Inmaculada Concepción. Y también dentro de las Fiestas de Purísima hay una marcada dualidad: por una parte, esa devoción ancestral -que se celebra desde hace casi tres siglos- y, por otra, el entrañable ambiente popular de algunos actos callejeros, destacando principalmente la masiva celebración del Bou en Corda, con su ritual antropológico y de contacto humano, con detalles como el de l'Embolà que se hace en la Plaça Major. Otros elementos populares distintivos de la fiesta son los pasacalles y bailes de los Gegant i Cabets, y también bailes como el de los Arquets y el de la Veta, todos ellos acompañados por la genuina música popular.

GASTRONOMIA

Y mientras recorremos el término y la ciudad de Ontinyent, siempre hay que recordar su gastronomía tradicional, elevada a la categoría de cultura del buen gusto, a la vivencia intensa de compartir la mesa servida con los mejores productos de nuestra tierra y con los mejores deseos de nuestra gente.

Nuestra cocina comparte características de las comarcas interiores de montaña, aunque no deja de participar de la tradición general de la cocina valenciana, pero manteniendo una personalidad llena de matices peculiares.

Aquí compartimos con las comarcas de la Mariola la tradición de las pericanes y de diversos platos “de mullador”, sin olvidarnos de las ollas, entre las que destaca el familiar putxero amb pilota. En el apartado de los arroces, sobresale la cassola al forn, pero también la universal paella, con diversas variantes; y hay que destacar los pimentons farcits, y los “arrossos caldosos” donde aún es de reconocida tradición el arròs amb fesols i naps.

En cuanto a los embutidos artesanales de Ontinyent, son de justa fama en su elaboración, destacando las botifarres de ceba y las botifarres en oli. Las “coques” son un capítulo muy importante en la gastronomía local, consumiéndose a lo largo de todo el año la coca de pimentó i tomata; y a partir de octubre y noviembre: la coca de trossos, donde se juntan la carne, los embutidos, el tocino, la alcachofa y esas setas tan apreciadas que aquí llamamos pebrassos.

 
 

 
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